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El sentido del cambio: ¿es necesaria la catástrofe?

Por: Juan I. Orozco


Me atrevo a decir que cambiar es parte esencial del ser humano; de ser parte de una especie tan compleja como extraña. Es atractivo pensar que este cambio constante siempre ha estado acompañado por un equivalente al ideal de un mundo mejor es posible; pero quizá la verdadera compañía no es otra que una de las cualidades de nuestra especie: la capacidad para sobrevivir, adaptarse y transformarse.  Hemos cambiado y lo seguimos haciendo, cada vez con más premura, cada vez con menos posibilidades de tomar el camino de vuelta, como si se tratara de una autopista de cuota sin retornos ni salidas.

La forma en que nos relacionamos no es la misma entre diferentes generaciones, la ciudad de ayer apenas se parece a la ciudad del mañana, y la razón por la que colocamos ciertas acciones o incluso algunos objetos más arriba o más abajo en la escala de valores es el resultado de un criterio siempre cambiante. De una manera por completo intuitiva, creo que podemos pensar en dos grandes variantes del cambio: uno latente y continuo. Otro súbito y drástico.

En la primera variante, el sentido se mantiene. Nuestras manos son para este caso una buena ilustración: su textura, color y fuerza varían, crecen y decaen con el paso de los años. Las escuelas del pensamiento, las creencias o las modas siguen probablemente el mismo comportamiento. Por otra parte, existen aquellos cambios que representan un importante giro en la dirección del sentido de una persona, de una sociedad o de toda una especie. Se trata de sucesos que revolucionan la realidad a tal grado que ya nada puede volver a ser como antes.

En estos términos, ¿a cuál tipo de cambio pertenece la degradación paulatina del medio ambiente, el cambio climático o la tendencia a continuar con las altas tasas de muertes y desapariciones en nuestro país? Para contestar estamos obligados a incluir en la respuesta la escala: ¿se trata de la historia de una familia, de un continente o de todo un planeta?

Sabemos entonces, cuando clamamos por que las cosas tienen que cambiar, ¿la escala y el sentido de nuestro ímpetu?  Tal ambigüedad es limitante, ya que un cambio lento y paulatino parece lejano y poco importante. Qué hace falta entonces para que los fenómenos apenas mencionados sean vistos como revoluciones a nuestra realidad, como catástrofes que dejen claro que no todos los caminos tienen una salida fácil. Siguiendo la idea de que la catástrofe puede ser una herramienta pedagógica inigualable (Latouche, 2010 ), parece que esto sucede sólo cuando una persona, una comunidad o toda una sociedad no le queda de otra más que sobrevivir.

Como un primer ejemplo, Medellín es ahora una ciudad modelo para todo Latinoamérica. Acciones urbanísticas derivadas de años de planeación han reconfigurado no sólo el paisaje de las colinas que enmarcan la ciudad, sino también el paisaje social y el aprecio que tienen sus ciudadanos por sus calles.  Pero los premios y los reconocimientos internacionales llegaron después de que la ciudad se topara con un callejón sin salida. En 1990, la ciudad “tocó fondo” con una profunda crisis económica y una insoportable violencia:  320 muertes por cada 100 000* habitantes  (en Jalisco, la tasa de homicidios dolosos es de 13 por cada 100 000** habitantes ).

Luego, el estado de Guerrero ha ganado protagonismo debido a una mezcla de corrupción, narcotráfico y mala suerte: sin el impune descaro ocurrido en Iguala en 2014, quizá ahora mantendría un perfil más modesto entre todas las otras tragedias mexicanas. En el documental llamado Guerrero, Ludovic Bonleux muestra de primera mano cómo, entre cuerpos exhumados parcialmente de sus fosas en la sierra y la incomprensible distancia entre comunitarios y policías - todos ellos un mismo pueblo, la población de Tlalpita ha conformado un autogobierno intentando poner un hasta aquí. Un hasta aquí a las violaciones, los asesinatos y los abusos cotidianos. Sin romantizar el día al día de los comuneros, el reportaje permite apreciar cómo fue necesario llegar hasta un límite insoportable para alcanzar una movilización ciudadana efectiva.

Para hablar de una catástrofe cercana al Área Metropolitana de Guadalajara, basta con mirar al Río Santiago. Un cauce en una orografía excepcional que se ha convertido en una amenaza directa para los habitantes en su entorno. Desde la década del 2000, varias organizaciones se han creado para abordar la problemática de la contaminación, conformadas en gran medida por habitantes de El Salto y de Juanacatlán (Imeplan, 2016). Quince años más tarde, la lucha ha tenido algunas victorias: “en 2009 la Comisión Estatal de Derechos Humanos emitió una recomendación que apela al Gobierno del Estado, la CEA, el SIAPA y los municipios en torno al Río Santiago a tomar acciones para prevenir y mitigar la contaminación, logrando así la conformación del Decreto del Polígono de Fragilidad Ambiental“ (Imeplan, 2016). Aun así, la contaminación del río, todavía elevada, cobra y pierde relevancia en la Agenda Pública dependiendo de la coyuntura. Aquellos que no tienen de otra han decidido seguir hasta el final. Algunas organizaciones se enfocan actualmente a la reforestación en las riberas de los cauces que alimentan al río en las cuencas con mayor implantación industrial. La selección de ciertas especies permite retener algunos de los contaminantes más dañinos. “Cambiamos en lo que no se ve: la forma en que nos relacionamos, creamos y enseñamos. Esa es la resurrección”. Así concluye Sofía Enciso, miembro de un Salto de Vida, después de la proyección del documental de 1990, Resurrección.

Podríamos seguir encontrando ejemplos; ya sea en publicaciones académicas, documentales o libros de historia. Basta con detenerse y mirar un poco para constatar que todo cambio tiene en su origen un movimiento social (Castells, 2011). Pero, ¿podemos también afirmar que todo movimiento social tiene su origen en la catástrofe? ¿Qué pasa con los cambios en los derechos humanos, en las reivindicaciones de incontables minorías, o en la adquisición de libertades fundamentales?

 Por una parte, podemos añadir que todo movimiento social, y por lo tanto, proceso político, está inserto en una estructura (Castells, 2011). Es entonces dicha estructura y sus componentes – la ideología, el consumo o la producción, siguiendo la presentación de Manuel Castells -  los que tienen que ser revisados. La forma en que aprendemos, miramos, criticamos y opinamos depende por completo de ella. Así, en ocasiones aspectos antes normales se convierten en absurdos e intolerables. Se produce un giro a la realidad, y siguiendo la etimología de la palabra, una catástrofe: se voltean las cosas para abajo, contra o sobre. Por poner un ejemplo general, para que la esclavitud pasara a ser una catástrofe fue necesario que la estructura social la entendiera como tal. Es el mismo cambio en la sociedad, su evolución constante, lo que genera la catástrofe, y es ella misma la que define su escala.

Por otro lado, los cambios sociales son súbitos o paulatinos en la medida en que la estructura los nutren y priorizan. Por lo tanto, no todos los cambios se derivan de luchas y reivindicaciones “justas y racionales”, sino también por muchos otros factores, como el rol de las ideologías dominantes o las formas de producción contemporáneas. A pesar de esto, sucede, como lo hemos visto en los ejemplos, que la realidad ha llegado a tal punto que la estructura se destruye y no queda otra opción que reconstruirla; la pedagogía de la catástrofe yace en la esperanza que esa reconstrucción está impregnada de lecciones y aprendizajes.

Nos topamos entonces con una evidencia: cuando la estructura no está destruida, sólo a través de ella misma somos capaces de modificar la escala del cambio. Es decir, decidir que algo está mal y por lo tanto juzgar que no ha de pasar una noche más siendo como lo es hoy. Poco importa si formamos parte del gremio que cree que la razón y el espíritu crítico son capaces de realizar tales juicios, dejando las moralidades de un lado. O si consideramos las doctrinas como las guías del sentido. Las ideologías permean toda la estructura social por igual. Lo que vale la pena preguntarnos son las formas en que podemos pasar de una pedagogía de la catástrofe, a una nueva forma de aprender y actuar en un mundo que no deja de estar en construcción.

Hay tantos puntos de partida como formas de control. La educación es el primero. Desde la primaria es que podemos ir adquiriendo poco a poco una de las herramientas clave: la crítica. La prensa y el arte, o de forma más general, los contenidos culturales, conforman una segunda plataforma. En ciertas ocasiones permiten desafiar la forma en que vemos este cambio constante del que hemos hablado. En un tercer momento, es a través de la observación, la empatía y la reflexión, como ejemplo de algunas características propias del ser humano (esta especie tan compleja como extraña), que podemos cuestionar también el porqué de las cosas. Estas últimas son particularidades que se educan, y que se pueden controlar;  pero basta con poner atención a nuestro alrededor para estar ya en un salón de clases, estemos donde estemos.

Un cuarto punto de partida surge de la mezcla de los tres elementos justo antes esbozados: las discusiones en lo cotidiano, el acto de ser ciudadano. Deliberando, discutiendo, argumentando y debatiendo. Idealmente, fuera de las coerciones de los Aparatos Ideológicos del Estado. En este sentido, y ya que el sistema de educación nacional estará en condiciones de enseñar a aprender hasta la aplicación del nuevo modelo educativo, la prensa de calidad se pierde entre notas dictadas, y la creación de contenidos culturales de contenidos críticos no parece ser una prioridad, es necesario pasar de la contemplación del mundo a la acción ciudadana.

 Es necesario descubrir nuevas formas de ser parte en la construcción de este mundo inacabado. Maneras que nos movilicen como ciudadanos, que nos empoderen en una gobernanza que pueda, no solo quiera, modificar la estructura social; para luego mirar a nuestra realidad y poder valorar si los cambios que se arrastran y deslizan sin parar bajo nuestros pies, son o no una catástrofe. Valorar sin esperar a que sea la catástrofe la que nos dé la lección.

 

*Presentación realizada el 14 de junio 2016 por Jorge Pérez Jaramillo, Director del Departamento Administrativo de Planeación (DAP) Alcaldía de Medellín 2012-15

**De acuerdo a información de la Fiscalía General del Estado. Consultada el 21 de mayo mediante el portal Mide Jalisco

Referencias:

Castells, M. (2011) Redes de Indignación y Esperanza, Alianza Editorial, España.

Imeplan (2016) Programa de Desarrollo Metropolitano para el Área Metropolitana de Guadalajara, Versión 2.0, disponible en : imeplan.mx

Latouche, S( 2012) Salir de la sociedad de consumo, voces y vías del decrecimiento, Octaedro, España.

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